La música del agua

28 febrero, 2019

El agua tiene música. Es música escondida, recóndita, que no oímos cuando está en reposo, como en un lago. Pero si se precipita en lluvia menuda, contra los vidrios de las ventanas, produce un tintineo delicioso, como una sinfonía. Si arrecia y se topa contra un techo de lata hace un ruido fenomenal, que resulta eficaz para conciliar el sueño.

A veces el agua danza por los ríos y quebradas, por los géiseres y fuentes termales, por los torrentes y por las cascadas, se precipita sin ningún temor, con un sonido creciente, porque el agua golpea las piedras y las mueve para que pierdan sus aristas y se conviertan en cantos rodados. Las rocas de los ríos –que una vez fueron lava hirviente y fueron enfriadas por el agua– no tienen bordes filudos porque el agua les ayudó a eliminarlos para que perdieran su capacidad de herir. Son piedras mansas, redondeadas, llenas de colores, que se sienten felices cuando el agua las baña.
El mar es otra cosa. Hay un juego misterioso entre el viento y el agua. Si el aire es apacible, aprovecha para escribir sobre la superficie del agua en calma, mensajes de amor que solo los enamorados entienden y descifran. El agua se contorsiona levemente, a veces imperceptiblemente, porque un vientecillo tenue hace sus trazos, con dulzura, para todos aquellos que tengan el corazón henchido. Y de paso el mismo viento acaricia sus rostros.
Pero si el viento es huracanado, el mar, el agua del mar, se solidariza y se arroja en olas gigantescas contra la playa o contra los acantilados. Esa música tiene la violencia de un estruendo furioso. Más tarde, las gotas de agua, que cayeron en aquellos parajes, regresan lentamente hacia el océano para continuar la danza, con la dulce melodía de una gota al caer. Pero el crescendo se repite de manera incansable, generando temor a los seres vivos. En otras ocasiones, el agua del mar busca un resquicio, una grieta en las embarcaciones, para que hagan agua y naufraguen, en pausa musical, y devora, con crueldad, todo lo que flotaba.
El agua del mar juega también calladamente con la luna y con el sol, que ejercen sobre ella una atracción especial, por la gravedad, lo que determina que suban y bajen las mareas. Se llaman aguas vivas o aguas mayores si crecen más las mareas por los equinoccios (cuando el día y la noche tienen igual duración) o en los cuartos de luna, novilunio y plenilunio. Es un juego de amor, maravilloso.
Y de repente el agua se vuelve ligera, muy ligera, en forma de vapor, regresa en silencio donde el viento, su amante, asciende a grandes alturas, y empieza a jugar, como nube, creando figuras regordetas que se desvanecen en un instante, porque el arte no es eterno, especialmente para el agua. O en ocasiones se queda baja, como bruma o como neblina, para embellecer los territorios por donde pasa, muy lenta y muy queda, abrazada por el viento. Y de paso, al amanecer, una parte se deposita dulcemente en las hojas, en forma de rocío.
Ya en la nube, el agua revolotea y juega. Con el viento y la electricidad, causa descargas como rayos, que producen un sonido ensordecedor, estremecedor. Cuando se cansa del juego, convoca a sus amigas y regresa, en forma de lluvia, a la tierra –que debería llamarse agua–. Aquí la melodía es diversa, pero cuando forma agua sólida, granizo, se desploma con fuerza, estrepitosamente, y rompe, con sonidos secos, lo que se encuentra en su camino. Las hojas de los árboles y de las plantas menores, que antes recibían la lluvia con alegre necesidad, sienten las heridas del agua sólida que les rasga sus vestiduras vegetales. Aun así, cuando los hielos se derriten, penetran las aguas por las raíces al interior de las plantas, para saciarles su sed y para hacer una reconciliación amorosa, esta vez en silencio total.
Cuando la temperatura desciende brutalmente, como sucede en las glaciaciones, cae aguanieve, con copos congelados muy abundantes, y se deposita en la parte más alta de las montañas. También en silencio. Es tanta la que se acumula que el mar retrocede y crecen de manera formidable las playas. Pero un buen tiempo después, si la temperatura sube, por el calentamiento del planeta, o, por ejemplo, por la acción de un volcán se derrite la nieve y forma derrubios y torrentes violentos, con flujos de lodos y genera inundaciones dramáticas, con sonidos lúgubres que anuncian la muerte.
No existiríamos si el agua no existiera. En ciertos momentos de nuestras vidas, cuando la tristeza nos agobia el alma, regresamos el agua a la tierra en forma de lágrimas que, tibias, silentes y lentas, se deslizan por nuestro rostro.
El agua es generosa, pacífica, a veces violenta, pero no se deja aprisionar en nuestras manos. Lo que sí hace es reconstruir paisajes de ensoñación, como cuando refleja los seres cercanos y lejanos, en el espejo de su superficie. Por esto y por una bella y buena razón, el poeta Pablo Neruda dijo: “Quiero saltar al agua para caer al cielo”.

Por: Alberto Gómez Mejía

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